Hoy luce el esplendor de ser una inexistencia. Motores, salivas, calor íntimo y olores imperceptibles, todos rondan hasta el infinito mientras les hago fotografías. Su parálisis no importa a fin de cuentas, no le importa al café sin azúcar ni a la corbata. Han rondado así desde hace miles de años... bueno, no tantos (tal vez sí, antes de nacer otra vez), y aunque eso de "infinito" sea un cálculo muy ligero, se espera que sea de esa manera porque el Gran Titiritero ama a los señores ensalivados, según se dice...
Inexistencia... finge muy bien la realidad.

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